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Blanquita

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Cuando era niña, tenía a mis dos abuelas vivas. Ahora sólo me queda Isabel, la madre de mi padre.  Pero en realidad deseo recordar a mi otra abuela, la Blanquita, quien era muy tierna y estricta.

Siempre iba a su casa a tres cosas: A ayudar en los quehaceres del hogar, a leerle o a comer cosas ricas que preparaba.
Siempre iba en la mañana y la encontraba sentada en su banca tomando sol después de haber terminado su oración matutina. Admiraba la fe que tenía hacía su Dios y la humanidad.

De la blanquita podría contar muchas cosas, pero en mi mente yo la recuerdo así:

1. La Blanquita ayudaba a mucha gente, principalmente a familiares y vecinos. Ella era una especie de patrona (me retaría por decir eso, era evangélica) que salvaba a otros de las deudas económicas.
Claro que yo dudo que estuviese bendecida por obra y gracia de su señor Jesucristo. Más bien, tenía una capacidad admirable de ahorrar, capacidad que podía ser confundida con tacañearía, pero no está en mis memorias la tacañea…

La Vida de los Peces

“…Pero te mentiría si te digo que no pienso en cómo será otra vida, cómo será estar contigo. Si hubiéramos tenido hijos, si estaríamos en medio en una tormenta de nieve, o en un verano recorriendo un pueblito empedrado, o las cosas simples: comprar fruta, pagar alguna cuenta, ir a comprar un regalo. No es que esté mal, no es que no quiera lo que tengo. Es solo que no puedo evitarlo, quisiera asomarme y mirar, mirar otra vida…”

Lejos de sí.

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Te presentí en mi vida cuando Susana te mencionó por primera vez. En ese mismo instante sin habernos visto antes, incorporé fragmentos que los otros dibujaban de ti. Y así continúe recogiendo tus piezas hasta que nos «conocimos».
Inconscientemente planeé nuestros encuentros. Inconscientemente porque traté de parecer desinteresada pero siempre visible en cada lugar que frecuentabas. Me transformé en un misterio capaz de seducirte en las dimensiones que más te cautivan del ser humano. Cuando salíamos y conversábamos, sonreía al verte porque me parecía extraordinaria la forma en que te presentabas ante mí; siendo la copia exacta de la imagen que yo había construido.  No niego que la sensación de saber más de lo que tú suponías que yo sabía, era halagadora. Me sentía con el control necesario, ocultando todas las inseguridades de mi personalidad.  No me creas frívola. Yo realmente era muy feliz y te amaba. El hecho de sentirme segura a través de mis acciones, hacía que yo pudiera ser dichosa a…

Genealogía de un Nombre.

Cuando mi madre llegó conmigo en brazos a casa de mis abuelos, hubieron varias reacciones de felicidad, de miedo y resignación. - ¡¿Jazmín?! bah... mejor le hubiesen puesto Jazmina. - Vociferó mi abuelo materno que estaba sentado en la mesa del comedor junto a mi hermana mayor. "Jazmín" no le parecía un nombre feo, sin dudas para él Jazmina era mucho mejor. Pero quizás, detrás de esas palabras había oculto cierto recelo, porque fue mi abuelo paterno quién me nombró como justamente hoy me llamo. Mientras que él sólo pudo conformarse en elegir mi segundo nombre: Alejandra.  Él murió cuando yo apenas había cumplido un año en este tortuoso mundo. Nunca lo llegué a conocer, y me hubiese encantado hacerlo, no por ser mi abuelo padre de mi madre, sino, porque a estas alturas me parece una persona que en vida era muy interesante. De él habría heredado algo más tangible que el segundo nombre, mi madre y los genes.. por ejemplo, su gusto por la música, su talento para tocar la guitarra.…

Rutinas

Nunca le pregunté. Nunca me interesé demasiado. Probablemente pensaba que si lo hacía, diría una burrada como siempre. Entonces prefería observarla, escucharla desde el silencio antes que la decepción inmediata. Yo tenía mis sospechas, y recuerdo que me sumergía en una ola de pensamientos cuando incrustaba mi mirada en su figura y en sus movimientos, desde cómo se levantaba de mi cama, hasta cómo veía deslizar su cabello por su desnuda espalda bailando por la casa hasta encontrar el «libro», el mismo libro de siempre con la misma rutina y ambiente que me envolvía todas las mañanas para perderla al cruzar el baño cerrando la puerta con una delicadeza genuina pero devoradora, como aquel que cierra la puerta de su alma para esconder su naturaleza.  Claro que la pobre no imaginaba que yo era todo espectador de esa ausencia melancólica. Y allí, en aquel lugar de nuestra casa, quizás ella podía encontrar su pedacito de privacidad. Alejarse de mí, de mi presencia absorbente en su vida y de mi …